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Una grave falla de liderazgo

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Entre los escenarios elaborados luego del triunfo de Milei, uno parece estar cumpliéndose: la acentuación de conflictos que podrían afectar la gobernabilidad. El Presidente exhibe desprecio hacia cualquiera que lo contradiga; la intención revanchista de someter a los gobernadores; comportamientos extravagantes y peligrosos en el plano internacional; se muestra autorreferencial y utiliza obsesivamente las redes para agraviar. Estas conductas hablan de alguien que está renunciando a “la administración general del país”, como manda la Constitución al Presidente, para reemplazarla por la conducción de una parcialidad enardecida y fanática. Desecha así el verdadero liderazgo, que considera a todos. En medio de un ajuste sin precedentes, los defensores del superávit fiscal apartan la vista y celebran, sin considerar que este modo de gobernar podría terminar afectando sus intereses, si regresara el kirchnerismo.

Describiremos tres aspectos de lo que consideramos una grave falla de liderazgo.

La confusión entre el plano moral y el instrumental. El significante clave de Milei es “la casta”. Este sustantivo lo aplica a los políticos y su tupida adjetivación implica una profunda condena moral: privilegiados, aprovechadores, responsables de la pobreza y el atraso, delincuentes, traidores. Pero la condena no se agota allí. Excediendo el presunto mal proceder de personas avanza sobre el saber profesional, las técnicas de negociación, los procedimientos legislativos y los requisitos de la administración.

No administra el país, conduce una parcialidad enardecida y fanática

Todos estos aspectos, que son recursos instrumentales de la política, resultan tan nocivos como ella y emplearlos despierta la sospecha de pertenecer al estrato maldito. Por eso, el Presidente desautoriza las negociaciones, aborrece los consensos y no tolera los tiempos del Congreso. Sus legisladores y funcionarios, puestos en ese ámbito, además de la inexperiencia, arriesgan ser cómplices de la casta, solo por frecuentar el mismo edificio y actuar según el reglamento, que apenas conocen.

El desconocimiento de la legitimidad del otro. La ideología presidencial conduce a otro equívoco, que quedó expuesto en el tratamiento de la ley ómnibus: la negación de la legitimidad de los diputados opositores y de los gobernadores. Es decir, del hecho de que ellos fueron elegidos en comicios libres del mismo modo que él. No debería descartarse que la confusión entre moral y procedimientos encubra una inconfesable postura antidemocrática, según la cual solo poseen capacidad de legitimar los votos que recibimos nosotros; los que reciben ellos, en tanto son la casta, constituyen un error, que invalida la pretensión de dotarlos de autoridad. Otra vez: la inmoralidad de la casta convierte en inmorales a sus votos y a sus votantes. De aquí se concluye que un tratamiento de iguales, más allá de las diferencias de opinión, es inaceptable. Supone una traición a la verdad, cuyo monopolio lo tiene el Presidente y su séquito.

La demonización del Estado. Milei asume una posición dogmática: la libertad es la verdad moral absoluta, degradada por el Estado y sus representantes. El que no lo entienda así está en el error o del lado del maligno. Es un infiel, que deberá ser convertido o combatido. La verdad no puede convivir con aquello que la niega. Obsérvese que esto excede el neoliberalismo económico. No es Cavallo, Macri o Sturzenegger, sino la ideología de fondo de Milei: el libertarianismo anarcocapitalista, que considera al Estado “un ente innecesario”, negando la existencia de los bienes públicos. “La estatolatría –escribe Jesús Huerta de Soto, un discípulo de Murray Rothbard– es hoy en día la principal amenaza al ser humano libre, moral y responsable; el Estado es un ídolo falso de inmenso poder al que todos adoran y que no consiente que los seres humanos se liberen de su control ni tengan lealtades morales o religiosas ajenas a las que él mismo pueda dominar”. La escatología de los anarcocapitalistas augura una nueva era: “Se abrirá un capítulo totalmente nuevo –pontifica De Soto– cuando el género humano, por primera vez en la historia moderna, logre desembarazarse definitivamente del Estado y reducirlo tan solo a una oscura reliquia histórica de trágica memoria”.

La falla de liderazgo consiste, por ejemplo, en denostar aquello que debe conducirse

Interrogantes. Se abren muchas dudas sobre el futuro de Milei solo considerando los tres rasgos analizados. Por empezar, surge una contradicción esencial: tenemos un jefe de Estado que aborrece el Estado, con el mismo énfasis con que el justo odia la injusticia. ¿Cómo gobernará alguien que detesta el objeto de su trabajo y las herramientas con las que se lleva a cabo? ¿Se puede gobernar obviando el Congreso y la administración? ¿Se puede gobernar sospechando que detrás de cada diputado, senador o gobernador que no profesa la propia fe, se esconde un conspirador, perteneciente al estrato culpable de todas las desgracias del país?

Cuando la antipolítica llega al Gobierno cae en su propia trampa. El rechazo al sistema, la inexperiencia y la desconsideración de las reglas, la paraliza. No asume que gobernar es una profesión, no la oportunidad de imponer un dogma; que la democracia requiere diálogo y acuerdos básicos, no porque tengamos almas sensibles sino porque forma parte del método. Milei y los suyos parecen no darse cuenta de que cuando entraron a la Casa de Gobierno aceptaron administrar una maraña kafkiana, que no podrán desmontar si sus planes revolucionarios desprecian el consenso. Esto no se resuelve poseyendo el 56% de los votos. Con todas sus miserias, en la casa de los presidentes y en el Congreso habita la democracia, cuyo instrumental es la política, aunque eso choque contra la doctrina libertaria.

La falla del liderazgo reside, entre otras cosas, en denostar aquello que debe conducirse. ¿Qué queda entonces? Un severo ajuste sin acuerdo fiscal, funcionarios carentes de libreto y aptitud, odio a la oposición e impotencia, disimulada con mensajes alucinados en las redes. La devoción por X y TikTok pareciera reemplazar a la que debería profesarse por las instituciones y las herramientas de gobierno.

Que hay que sanear la macro y disminuir el peso del Estado en la economía no es una novedad de Milei. Es un consenso de la gente y las élites, que estaba también en el programa de los rivales que venció. El problema es otro: si su jefatura es apta para conseguirlo.

¿Qué hará ante las primeras derrotas? ¿Endurecerse o gobernar de otro modo? Los iluminados no tienen plan B, porque si lo tuvieran no serían eso.

Esta es, acaso, la cuestión más apremiante de nuestra actualidad política.

* Sociólogo.


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