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El desconcertante club de la pelea en la Rosada

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La cosa parece venir así, round tras round. La última semana la pelea de fondo fue contra el presidente de Colombia, Gustavo Petro. “Mucho no se puede esperar de alguien que era un asesino terrorista. (…) Es un comunista asesino que está hundiendo a Colombia”, disparó Javier Milei en una entrevista. No era la primera vez que el presidente argentino se pronunciaba en esos términos sobre su par colombiano: ya lo había calificado como “una basura, excremento humano”. Antecedentes que el gobierno de ese país sobrevoló en el comunicado lanzado el miércoles ordenando la expulsión de diplomáticos de la Embajada argentina en Bogotá.

Cuando Colombia pidió una disculpa de parte de Milei, éste recordó que el colombiano lo había comparado alguna vez con Adolf Hitler. “Los dichos de cada presidente son propios. No hay que confundir la nación con el presidente”, dijo la canciller Diana Mondino, tratando de poner paños fríos al asunto.

En el mismo reportaje Milei también la emprendió contra su par de México, Andrés Manuel López Obrador. Lo trató de “ignorante” y agregó que era “un halago que un ignorante como López Obrador hable mal de mí, me enaltece”. Tampoco en este caso el enfrentamiento es nuevo.

Más allá de cuáles sean sus blancos, tampoco es novedad que el presidente argentino cultiva un estilo decididamente confrontativo. De “la casta” para arriba, abajo y hacia los costados, poco y pocos han quedado fuera del alcance de su iracundia tuitera o verbal. Hay quienes argumentan que estos enfrentamientos discursivos, por así decirlo, son una estrategia para distraer la atención sobre cuestiones más espinosas, como el fuerte ajuste en la economía.

Daría la impresión, sin embargo, de que tienen que ver con la personalidad del Presidente, y que son lanzados sin ningún cálculo previo.

Forman parte de la honestidad brutal, al borde a veces del sincericidio, marca registrada de Milei y, probablemente, parte también de su éxito, de su arraigo popular, y de la buena imagen que todavía muestran las encuestas. Frente a políticos que prometían exactamente lo contrario de lo que terminaban haciendo, o se preocupaban por mantener, hasta hipócritamente, las formas por sobre el fondo, un outsider que habla claro, sin eufemismos y no se anda con chiquitas a la hora de las definiciones, más allá de cuáles sean, puede ser visto como un soplo de aire fresco. Aunque se asemeje a veces a un tornado.

Del otro lado hay una sociedad atravesada ya por decenas de grietas, que parecen multiplicarse y profundizarse día a día. El kirchnerismo y su lógica amigo-enemigo, convenientemente agitada desde el poder, logró crear la gran grieta inicial. Y más allá de las promesas, de ahí en más, nadie con la responsabilidad suficiente como para hacerlo logró cerrar esa brecha. Antes bien, el trabajo pareció orientarse a agrandarla cada vez un poco más.

“Quien siembra vientos recoge tempestades”, sentencia el refrán. Y la violencia, de índole diversa, está presente en la cotidianeidad de los argentinos. Una encuesta nacional de la consultora Voices! comprobó, en agosto pasado, que el 41% de los encuestados había sido testigo de actos de maltrato o agresión en la vía pública en los últimos 30 días. En Capital y GBA el índice trepaba a 49% y 48% respectivamente. La inseguridad y el matar por nada, exhibiendo un brutal desprecio por la vida, son la manifestación más extrema de esa violencia. Ahora, en un hecho absolutamente condenable, acaban de conocerse amenazas de muerte y fuertes mensajes contra el presidente Milei en las redes sociales.

No será el odio lo que nos salve. De eso ya tuvimos bastante, con los resultados conocidos. ¿No sería hora de probar con otra receta?


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